Chinchachoma, testigo del amor de Dios

martes, 19 de julio de 2016


* P. Adolfo García Durán

El Chinchachoma conocía el poder del amor, porque él experimentaba continuamente el amor de Dios, tenía, podríamos decir, un hilo directo con Dios.

En el Colegio de las Escuelas Pías de Terrassa –donde el P. Alejandro García estuvo trabajando tras su ordenación sacerdotal– en la clase de Religión de 2º de primaria, dedican un espacio a presentar a los alumnos que han sido “testigos de Cristo”.

Mientras el que escribe estuvo en Barcelona, me llamaban cada año para hablar durante una hora del P. Chinchachoma. Ahí llegaba yo con un póster gigante para que vieran su imagen mientras hablaba de él. Y más o menos les contaba lo siguiente.

Empezaba diciéndoles que cuando murió ese escolapio –que había estado en su colegio– todos los periódicos de México publicaron la noticia en primera página y con fotografía. Yo, por ser su hermano, me precipité a ir a México a su entierro y funeral. Y les contaba que, al llegar al Aeropuerto, la televisión me esperaba: 

–¿Es usted el hermano del P. Chinchachoma?, ¿viene a continuar su obra?...

Iba conmigo, desde Roma, el P. Provincial Fernando Hernández. Llegamos a un patio de uno de los Hogares Providencia donde se habían concentrado chavos y chavas de la calle, más de 300. Se decía que el cuerpo, que venía de Colombia, donde murió, llegaría a eso de las 11:30 de la noche, pero llegó hasta la una de la madrugada. Nadie se movió esperándole, y cuando llegó, estalló un aplauso, como una especie de grito estentóreo de amor, que duró, sin disminuir, 20 minutos. Tuve que ser yo quien lo parara para poder celebrar la Misa.

Sobra decir que en el funeral hubo cola y se presentó entre otros el Cardenal Arzobispo, quien le agradeció al P. Chinchachoma, en voz alta, haber acercado la Iglesia a los pobres. El funeral se hizo en la Catedral que estaba llena a rebosar de toda la gente más humilde de México.

Merece resaltar la presencia que tuvo la televisión y lo bien que se portó… interrumpía cada diez minutos su programación para informar cómo procedía el entierro del P. Chinchachoma.

¿Quién fue? ¿Qué hizo? 

Había nacido en Barcelona, en el Paseo de García No. 100. Era el tercero de una familia de ocho hermanos, todos varones y moviditos, de manera que nos llamaban “La tronada”. Y todos jugábamos fútbol, también el Chincha. 

Pero entre todos los hermanos, Dios quiso prepararle a él para su misión entre el niño callejero, haciéndole experimentar, por una parte, la angustia de no sentirse amado por su madre, y lo que significa pasar hambre.

Sucedió que cuando tenía un añito, se enfermó de tifus. En aquel tiempo no existían antibióticos, y en el terrible malestar que le producían las altas fiebres, llamaba a su madre, ella estaba también con tifus en otra habitación y no podía acudir a consolarle. En la pequeña mente del niño se forjó una terrible idea que le hizo sufrir mucho toda su infancia: “Mamá no viene, Mamá no me quiere”. Sólo a los 16 años, por casualidad, oyó contar a su madre lo que sufrió ella al no poder ir a ayudarle. Y fue toda una liberación, pero así pudo entender después el drama de tantos niños que no se sienten amados.

En cuanto al hambre, tenía una terrible solitaria que hacía que, por más que comiera, tuviera siempre hambre y no engordara. En casa le llamábamos el “Pozo hondo”.

Toda su vida había querido ser médico, pero Dios tenía otros planes. En el verano, antes de entrar a la Universidad, estaba una noche con su novia a la orilla del mar. Era una noche maravillosa en que la luna se reflejaba en el mar en calma. La chica le hablaba, pero él, extasiado ante aquel espectáculo, le decía: “Sí, pero mira”… De pronto, se sintió lleno de Dios, y le dijo a la chica: “Lo siento, pero me hago sacerdote”.

Llegó feliz a casa a la una de la madrugada cuando tenía que volver no más tarde de las 11 de la noche, y se encontró a nuestro padre esperándole. Pero al verle tan transfigurado, no lo quiso regañar sino que le preguntó: ¿qué hora es Alejandro? “Las 11”, respondió. “No, es la una, tendré que comprarte otro reloj”. Mi hermano siempre agradeció a papá que no le estropeara aquella noche.

Hiperactivo como era, al día siguiente tomó el tren y fue a verme a Irache, donde yo, escolapio, estaba cursando la filosofía.

Me contó lo sucedido, y me dijo: “Yo quisiera hacerme escolapio y dedicarme a los niños pobres”. Yo le contesté: “hazte y pide mucho a Dios que los superiores te destinen a ello”. Él lo aceptó.

“Se ordenó sacerdote el 24 de junio 1961 y se estrenó como religioso escolapio en este Colegio de Terrassa”, contaba a los niños. Pero pronto, Dios, respondiendo a sus oraciones, empezó a llevarle por otro camino.

En 1962 hubo una terrible inundación en Terrassa, y uno de los barrios más castigados fue el de Las Arenas. Alejandro empezó a ir a ayudar a aquel barrio. Hay todo un libro: Historia de un barrio, donde se nos cuenta todo lo que hizo durante los diez años que estuvo en él.

Les contaba a los niños algunas anécdotas de cómo consiguió todas las mejoras para aquel barrio: recogida de basura, luz eléctrica, etc. Sobre todo, creó una asociación de vecinos, haciéndoles protagonistas y responsables de lo que pasaba en el barrio. No paró hasta conseguir un colegio: el Juan XXIII. No es extraño, por tanto, que tenga dedicada una hermosa plaza en el barrio, detrás del colegio.

En 1972 fue enviado a México y pronto se dio cuenta de la terrible realidad del niño callejero, y empezó a interesarse por ellos.

Aquí les contaba las anécdotas del niño que gritaba horrorizado cuando le dijo que la Virgen María era su madre del Cielo: “¡Otra madre no!”.

Y la del niño de ocho años que huyó de su casa porque su madre le dijo que no lo quería, pues no era hijo suyo sino de la margarita. Y es que, cuando estaba embarazada de él, la madre tomó una margarita y le fue quitando pétalos: lo mato, no lo mato, y salió “no lo mato”. Era hijo de la margarita. 

Dicen de san José de Calasanz que cuando estaba preocupado por los niños pobres de Roma, abrió el breviario y encontró: “A ti se ha encomendado el pobre”. Cuando Alejandro llevó los primeros cuatro chavos a Puebla, uno le presentó una Biblia, y al abrirla encontró: “A ti se ha encomendado el pobre”. ¿Coincidencia? Lo cierto es que Alejandro protestó y le dijo a Dios: “¿No, eh? ¡Tú eres el que ha de cuidar del pobre!”.

Sin embargo, pronto se dio cuenta de que no entendía la psicología del callejero, y decidido, durante las vacaciones se fue a vivir a un baldío con ellos hasta que consiguió entenderles y que le acogieran. Fueron ellos quienes lo bautizaron con el que fue ya su nombre: Chinchachoma (cabeza pelada).

Quiso asimismo conocer cómo eran las correccionales del gobierno y estuvo unos meses como prisionero voluntario en la temida correccional La Amarilla, donde comprobó que era todo menos educativo.

Para ser breve, fundó entonces los Hogares Providencia, casas familiares de unos 10 a 12 chavos, con un “tío” y una “tía” al frente. Y allí empezó a aplicar su método de amor, la “Yoización”.

Aquí contaba a los alumnos de Terrassa las mil y un formas con que Alejandro hacía experimentar el amor a esos niños callejeros afectados por tantas experiencias negativas. Amor que les hacía ver el valor que tenían.

Hogar cero era el primer paso que daban los callejeros al salir de la calle y antes de integrarse en un Hogar. Típica violencia del niño que rompe un vidrio y espera el castigo. 

–“Hijo, ¿qué vale más, el vidrio o tú?”
–“El vidrio”. 
–“No, hijo, tú vales mucho más que el vidrio”.
–“¿No me va a castigar?” 
–“No, hijo, me interesas mucho más tú que el vidrio… 

Primera experiencia de amor, del propio valor.

El cuento del diamante cagado: hubo un terremoto y de la tierra salió un gran diamante precioso, pero una vaca pasó y defecó encima. Todos los que lo veían se apartaban con asco, hasta que un día un niño quitó con un palo la porquería y apareció el diamante. Tú, hijo, eres un diamante, vales mucho, pero por desgracia en tu vida te han llenado de porquería. Quítatela de encima, te ayudaremos, y vive en toda tu hermosura, tu valor.

El canto ¡Qué grande soy! Un canto inventado por él: “El sol, la luna, las estrellas, las ha hecho Dios para mí: ¡Qué grande soy! El mar, las flores, las montañas las ha hecho Dios para mí: ¡Qué grande que soy!...”

Amar es dialogar, decía. Los hijos que no pueden dialogar con sus padres son huérfanos. Contaba que había un señor que dialogaba con sus hijos, y los amigos de éstos le preguntaron si podían también ellos venir a dialogar con él… Y muchas otras anécdotas.

El Chinchachoma conocía el poder del amor. Cuando tenía que castigar a un niño, por ejemplo, porque se había drogado, se castigaba él, se sacaba el cinturón y se empezaba a pegar hasta que el chavo, vencido por el amor, le decía: “no te pegues más”. Y él le respondía: “si no quieres que me pegue, no te drogues más”. Y el poder del amor liberaba al chavo de su dependencia.

El Chinchachoma conocía el poder del amor, porque él experimentaba continuamente el amor de Dios, tenía, podríamos decir, un hilo directo con Dios.

Una vez en Barcelona había una niña de nueve años en un orfanato, con la que no podían ni psicólogos, ni educadores. Pidieron al Chinchachoma si podía hacer algo por ella. Se la llevaron: ella empezó insultándole y escupiéndole, pero él se le quedó mirando y le dijo: 
–“¿Verdad que tú viste como mataron a tu madre?”
–Sí.
–¿Verdad que tu viste cómo le pegaban patadas?
–Sí.
–¿Verdad que tienes ganas de pegar patadas?
–Sí.
–Pega, hija, pega. 

Y la niña se puso a darle de patadas, hasta que, liberada, se le echó en los brazos llorando. Estuvo abrazada a él más de una hora. Y cuando yo le pregunté: ¿Cómo sabías lo de las patadas? Me contestó con toda naturalidad que se lo había revelado el Padre Dios. 

Llamó a sus hogares “Providencia” porque experimentaba continuamente el cuidado amoroso de Dios Padre.
El tesorero de Hogares me dijo un día: “Yo ya he perdido el miedo a firmar cheques sin fondos. No me pregunte cómo, pero sé que cuando van a cobrarlos hay fondos”.

¿Cuántas veces en un restaurante donde había ido a comer con los chavos de la calle le decían, al final, que todo estaba ya pagado?

En París, a donde viajó con 30 chavos, se le estropeó la tarjeta de crédito y se vio apurado al encontrarse allí sin dinero. Un chavo le dijo: “Padre ¿por qué apurarse?, Dios también está en París”. Subieron al metro y se escuchó: “¿El Chinchachoma en París?”. Era una joven que había estado trabajando como voluntaria en Hogares. Le explicó lo que pasaba y ella respondió: “no se preocupe, yo corro con todos los gastos hasta que le llegue dinero de México”. También le confesó: “padre, todos los días tomo a esta hora el metro y nunca me había equivocado de línea. Hoy sí”. Dios también está en París… 

Este amor del Padre lo veía plasmado, se podía tocar, en Cristo, que vino a ponerse debajo, el escupido. Tiene un hermoso libro: El Cristo del Chinchachoma. Un Cardenal le dijo una vez: “Padre, no había conocido a Cristo, hasta que leí su libro”.

Aquí les contaba a los niños la Navidad que pasó en la cárcel haciendo experimentar a los reos el amor de Cristo, que había padecido lo mismo que ellos. Una vez un taxista le dijo: 
–“No le voy a cobrar”.
–“¿Cómo es eso?”.
–“Yo estaba en la cárcel cuando nos habló de Cristo, aquel día cambió mi vida…”

Los libros del  P. Chinchachoma: La porción olvidada de la niñez mexicana, El Cristo del Chinchachoma, Dios se confiesa, Mis siete queridas mujeres públicas, Mi grito hecho poema, La mata de la mota mata, La epopeya del yo, Ser o no ser, Del no ser al ser, Yo soy, y uno inédito, Mi Dios, esperamos pronto poderlos tener en un sólo volumen.

Sí, el Chinchachoma es un testigo impresionante del amor de Dios. Dios, para él, no era un concepto sino una persona llena de amor. 

Han pasado varios años de su muerte, el 8 de julio de 1999. Para muchos que lo conocieron era un santo, era un hombre de Dios que comunicaba a Dios. Sabemos que si es voluntad de Dios algún día se le verá en los altares. Pero su vida sigue gritándonos a todos que Dios es Amor.

* Hermano del P. Chinchachoma

Roma, Italia.

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