Iglesia hace escarnio de Peña Nieto; lo tilda de desorientado

martes, 14 de junio de 2016


¿Por qué la Iglesia se opone a la iniciativa del Presidente Enrique Peña Nieto que promueve las uniones homosexuales?

DLF Redacción

Es por ello que la Iglesia, fiel a su llamado a ser luz del mundo, debe hacer oír su voz, como pide san Pablo, “con toda paciencia y doctrina” (2Tim 4, 2), y dejar claro que, como a todos sus hijos.

Un barco transatlántico que navega en medio de una noche oscura, de pronto avista a lo lejos una luz que parece avanzar directo hacia él. El capitán envía de inmediato un mensaje: ‘Están en ruta de colisión con nuestra nave, cambien de rumbo’. Le contestan: ‘No. Más bien ustedes deben cambiar su rumbo’. El capitán vuelve a insistir, los otros también. Luego de intercambiar varios mensajes en los que nadie cede, el capitán, exasperado, escribe ‘Estoy transmitiendo desde el buque de su majestad, ¡les ordeno que cambien de rumbo!’. Le contestan: ‘¡Cambie usted de rumbo! Nosotros estamos transmitiendo desde el faro del puerto...’

Da risa esta anécdota, pero plantea algo muy cierto: lo que está sólidamente asentado no puede moverse, hacerse para otro lado, cambiar.

La Iglesia es como ese faro del puerto.

Está firmemente cimentada sobre la piedra angular que es Cristo. 

En estos tiempos en los que surgen tantas voces, tantas modas, tantas propuestas que se contradicen unas a otras, la Iglesia es ese faro del puerto que se mantiene firme, lanzando un haz de luz que ilumina a quienes están navegando a oscuras por un mar de confusión, azotados por toda clase de olas y tempestades; los libra de naufragar, y los ayuda a llegar a tierra firme.

Hay quien se queja de que la Iglesia no se pone al día, no ‘moderniza’ su pensamiento, no es ‘democrática’, no se deja regir por las encuestas como otras iglesias. Es que la Iglesia Católica no se manda sola. Es depositaria del tesoro de la fe que le encomendó el que la fundó: Cristo, y debe mantenerse fiel a Él, a nadie más. No está para darle gusto a las masas, no es política ni agente de relaciones públicas, no busca caer o quedar bien, es Madre y es Maestra, lo que le interesa es acoger y encaminar amorosamente a todos sus hijos a la salvación, y si para eso hace falta exhortarlos, los exhorta, y si hace falta decirles para su bien algo que no les guste oír, se los dice.

La Iglesia no teme hablar con la verdad, aunque ya sabe que, como dice el dicho, ‘las verdades no pecan, pero incomodan’, y en ciertos casos no sólo incomodan, sino enfurecen. Ni modo. Recibió la misión de ser profeta de Aquél que dijo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14,6), aunque lo que diga no sea lo ‘políticamente correcto’ y sea tomado a mal por mucha gente.

Es el caso de su rotunda oposición al llamado ‘matrimonio gay’.

¿Por qué no lo aprueba, si hay tantos que exigen que lo haga?

No es, como algunos medios de comunicación han planteado, ni por un conservadurismo que la hace aferrarse neciamente a tradiciones arcaicas, ni porque odie a los homosexuales.

Lo que la Iglesia propone tiene siempre dos razones: ser fiel a lo que dice la Palabra de Dios, y buscar lo que pueda ayudar al ser humano a ser verdaderamente libre, pleno, feliz, encaminándolo a su salvación.

Con base en estos dos criterios, la Iglesia ve con preocupación cómo desde hace años se ha puesto en marcha un programa cuidadosamente diseñado para cambiar la mentalidad de la gente en relación con la homosexualidad. 

La OMS le quitó el status de enfermedad psiquiátrica; los medios de comunicación han presentado mesas redondas, entrevistas con intelectuales y políticos que apoyan la homosexualidad; casi no hay película o serie de televisión en la que no haya alguna pareja de homosexuales muy agradable. Se buscó un nombre sugestivo (gay en inglés significa ‘alegre’), un símbolo que tuviera connotaciones positivas (el arco iris), y así, en poco tiempo se fue llegando a lo que se vive hoy: que mucha gente aprueba y defiende una conducta que antes instintivamente rechazaba, y no tolera y curiosamente tilda de ‘intolerante’ al que no piensa igual.


Es por ello que la Iglesia, fiel a su llamado a ser luz del mundo, debe hacer oír su voz, como pide san Pablo, “con toda paciencia y doctrina” (2Tim 4, 2), y dejar claro que, como a todos sus hijos, ella acoge y ama a los homosexuales, pero precisamente porque los ama y busca su verdadero bien, no puede aprobar el ‘matrimonio gay’. (Continuará).

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